La extracción selectiva de datos, las infiltraciones digitales, el hacqueo de automóviles o la criptocriminalidad entre las nuevas formas de especialización
En un mundo cada vez más tecnificado la ciberdelincuencia se ha convertido en la cara B de la tecnología. Los nuevos ladrones visten guante virtual y no dudan en diversificarse. Fragmentan los mercados a la busca y captura de nuevos nichos. La Inteligencia artificial es la nueva protagonista, utilizan boots y rutinas para automatizar ciberataques. Generan su propio código malicioso y detectan sistemas vulnerables a través del escaneo masivo. Además, la IA es un medio de gran valor para el delincuente ya que le ayuda a desviar la autoría a una máquina o servidor.
La industria se ha blindado gracias a la ciberseguridad, las “resistencias técnicas” son cada vez más elevadas. Los profesionales del hampa adoptan nuevos enfoques como la ISA (Ingeniería Social Avanzada) detectan agujeros sociales y fallos en operativas para manipular a individuos y obtener información confidencial sobre ellos.
El fortalecimiento del cibercrimen por encargo (as a service) es otro factor. El phishing o el ransomware se contratan por objetivos en el submundo de la cibercriminalidad organizada.
MoustachedBouncer es un grupo especializado en el ciberespionaje a embajadas. Su objetivo es espiar a funcionarios, diplomáticos y personal consular. Utilizan herramientas de intrusismo informático y están en la diana de servicios secretos de todo el mundo.
Técnicos y expertos apuntan al crecimiento de la nueva ciberdelincuencia en los medios de transporte. Hacquear la cerradura de un coche mediante una app, apagar un automóvil a distancia o provocar una avería telemática es ya posible gracias a los avances de la tecnología.
La empresa Entelgy Innotec Security ha publicado su informe “Ciberseguridad, riesgos y tendencias 2023”. En su análisis destaca la posibilidad de cometer actos de intrusismo informático a bajo coste permitiendo que el ciberdelincuente actúe sin ser detectado. La misma empresa apunta al crecimiento del Qrishing (o códigos QR encriptados) y la ciberextorsión en el ámbito privado.